“El catolicismo nace del vientre
virgen, por debajo de la falda, directo de una vulva.”
Antoine Deucépore (Teólogo y filósofo
Italiano, siglo XIX)
Lo que veo no es. El ron no es un buen intérprete de la
realidad, si a esto le aunamos la penumbra y el humo del cigarro, el mundo no
es mundo. Hay un punto en la vida en que la melancolía se revuelve como un pez
sobre rocas, las escamas quedan regadas como perlas bidimensionales, la carne
sangrante se adhiere a las aristas filosas, la vida se va escapando, se
violenta lo que antes fue un ondular hipnótico en el agua.
Y tú eras en los días de mayor belleza, tan fría y energética,
Jade, Ámbar, Rubí, Amatista. Cada nombre te confería solferinas propiedades. Ahí
estaban mis estúpidos ojos, perfeccionándote las facciones, coleccionándote las
instantáneas del pasado, volviéndote vieja conmigo a tu lado, deseándote.
Porque siempre pensé en ese líquido blanco y espeso, el que brotaba de tu sexo y embarraba el mío, convertido en émbolo
que se llenaba de la savia olorosa de tus raíces. De ahí aprendí a rezarle a tu
vientre, inventé religiones paganas donde no hubiera pecado, que si acaso
existía terminaba al llenarte por dentro con gemidos discordantes de condenado, siempre
fuera de tu templo. Por eso me pasé orándote. Los ojos rojos que le adjudicaste
al alcohol y al cigarrillo, en realidad fueron por mi adoración
nocturna. Admirándote me llegaba el alba. Te desgasté la piel, me
la acabé en recorridos de imaginación, en pequeños parpadeos centelleados por
los autos que circulaban a deshoras. Abría tus piernas a las cuatro de la
mañana, sabía que no podías concebir a un iluminado, por tu vida anterior,
aunque siempre tuve la esperanza de fenecer en tu útero. Quizá tenías razón: el
alcohol me volvió paulatinamente loco.
Existe, no sé dónde, una roca tristísima; la sueño con
frecuencia.
Despierto llorando.
Modelo: Dita R
Foto y Texto: Éric Marváz
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