El erotismo me es inherente, es mi segunda piel, escurre a veces de tal modo que hace un hilo delgado, cristalino, salado y aceitoso que alcanza el piso; a veces queda inmerso entre pliegues rosas casi púrpuras, las más, es ansia que me hace temblar manos y voz.
Todo entra por mis ojos, los resplandores de cuerpos sudorosos enredados en su propio eje, una vulva expuesta, senos erguidos o arrebatados en una respiración fuera de la decencia, la simple insinuación de ropa íntima bajo vestimentas cotidianas; asciende por la nariz y sacude mi cerebro al oler un cuerpo sin perfumes fabricados, al vapor único de los lugares de playa, al de mariscos frescos de un sexo enfebrecido, en el suave olor de unas medias que fueron compañeras de todo un día de trabajo; va por mis manos en el simplísimo tacto y templada temperatura de una piel, de la húmeda esponja, de la nuca y la cintura al hacer profundo el acercamiento, al dibujar los contornos y rehacer hendiduras, inventar un lenguaje nuevo en cada parte del colchón donde se dibujó un cuerpo.
Como dijo el poeta: queda rastros de quién estuvo y dio; por la boca y lengua al hundirme entre una labia expuesta, voluptuosa, ardiendo, derramando, escurriendo la urgencia mientras escucho los pedimentos desesperados de un abandono único.
A veces una voz, un cuerpo, un olor, una palabra, una flor, un sonido, la lluvia, la luna, el viento en soledad, una fruta: tú.
También el sexto sentido. El de mirar en los días cotidianos, ser ese voyeur irremisible, el agresor amable de (femeninas) partes privadas, el que desliza las frases con la certeza de provocar entre piernas una gota… con destino de mi palabra lengua.
Marváz
